Revista Sinapsis – Interés General

Qué uso le damos a la tierra y cómo modificamos la naturaleza. Intelectuales y artistas conversan con los que manejan los recursos, promueven políticas y diseñan los alimentos que comemos.

La guerra de Monsanto y la Sociedad Rural

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La creación de nuevas formas de vida en laboratorios, de la mano de la biotecnología moderna, comenzó en los ’80. Cuando apareció hubo voces de alerta y otras que lo celebraron. Desde entonces se discuten asuntos éticos, científicos, ambientales y económicos, pues a esta altura la biotecnología es un hecho a nivel global. Quedan por resolver aspectos críticos: Propiedad intelectual y patentes; regulaciones y controles; el impacto en el medioambiente; usos y objetivos prioritarios y con ello toda una nueva batería de legislación y regulaciones. Estos debates se suelen dar en ámbitos cerrados entre algunos pocos actores, mientras la sociedad en general no tiene demasiada idea de lo que se está jugando en este Nuevo Territorio.
La Argentina fue campo experimental a gran escala (junto a los EEUU) de la difusión de la soja transgénica. Introducida por Monsanto en 1996 que tuvo gran aceptación entre los productores locales. Fue tan fuerte el impacto de la soja, que modificó nuestra estructura económica, productiva, social y ambiental.
La tradición científica y agrícola argentina nos llevó a ser uno de los pocos países en el mundo con capacidad de desarrollar biotecnología moderna. El anuncio que hizo Cristina F. de Kirchner en cadena nacional, de la reciente aprobación de los eventos transgénicos locales de soja resistente a sequías y salinidad y papa resistente al virus PVY, pasó desapercibido a pesar de ser un hito trascendente. La semilla es un recurso estratégico.
¿Qué rol debe jugar la Argentina en el club de países desarrolladores de biotecnología? La semilla y también la salud, la alimentación y la energía futuras están asociados a esa tecnología y en la Argentina se está trabajando fuerte en esos campos. Son recursos neurálgicos para cualquier país. El Estado promovió la investigación y desarrollo desde el Ministerio de Ciencia pero no logró consensuar una política estratégica al respecto. Las discusiones fueron llevadas adelante por los actores interesados, en general bajo la agenda de Monsanto que desde hace más de quince años busca imponer, sin éxito, una solución a medida de su modelo de negocios basado en regalías.
Las disputas entre Monsanto y productores argentinos comenzaron con el ingreso de la soja RR1 (resistente al glifosato). La batalla legal duró años: Monsanto pretendía cobrar derechos de propiedad intelectual por una semilla que no tenía registrada debidamente. Años de disputas legales en tribunales de Europa terminaron dando la razón a la Argentina. Pero hoy se está librando una batalla con un litigante más pertrechado. Monsanto logró patentar los genes de su nueva soja llamada Intacta. Con esas patentes, desarrolló un modelo basado en el cobro del llamado canon tecnológico. Pero a un precio y de una forma que han generado un rechazo general de productores, Estado y hasta la opinión pública (mediante un kit desarrollado por la empresa se analiza la semilla y se determina la presencia de los genes). Aunque casi todos los actores de la cadena han mostrado su rechazo ha sido la Sociedad Rural Argentina la que se puso al frente y logró sumar a distintos actores en su estrategia.

 

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La columna de opinión del suplemento Campo del diario La Nación fue la tribuna donde la discusión sobre Ley de Semillas, patentes sobre genes y derechos de propiedad intelectual tuvo los contrapuntos más picantes.

Los distintos actores fueron exponiendo sus posiciones. Funcionarios, cámaras empresarias y productores entre otros, escribieron a favor o en contra de los distintos esquemas de cobro de la tecnología que aporta Monsanto en las semillas. Se coincidía que debe haber  reconocimiento por el aporte tecnológico a la semilla, y que el derecho de “uso propio” fijado por ley debe continuar para los pequeños productores. En el resto, sólo hubo disidencias.

Con distintos tonos, hubo un desfile de opiniones que no competían por la riqueza de la pluma sino para ver quién derramaba lágrimas más conmovedoras, o quién “la tenía más larga”. En lo que sí coincidían todos era en la necesidad de darle una solución definitiva al asunto. La lectura de las posiciones demostraba que no es sencillo. A medida que el Ministerio de Agricultura ajustaba las regulaciones por pedido de una parte, otro actor ponía el grito en el cielo. El Estado jugaba un papel de ordenador pero nunca presentó una propuesta a la altura de la importancia del tema.

Gabriel Delgado, hasta el cierre de esta edición Secretario de Agricultura, presentó en su columna los distintos objetivos de su alternativa a la fracasada nueva Ley de Semillas. Fue un buen trabajo pero no alcanzó. La llamada Ley Delgado fue anunciada por el Jefe de Gabinete Aníbal Fernández, que se comprometió a elevar un Decreto de Necesidad y Urgencia para que firme la presidenta Cristina Kirchner. No tuvo éxito, pues a las pocas semanas se anunció que sería tratado en el Congreso de la Nación como una ley. Monsanto hizo público su desacuerdo con la letra del proyecto y todo quedó en nada.

Yo también participé del contrapunto con el artículo “La semilla, entre Netflix y Amazon”. Allí esbozo la hipótesis de nuestro laboratorio de medios sobre cobro de regalías en la industria de semillas. Ésta sostiene que la solución pasa por el modelo usado por otras industrias, que rompieron con el paradigma de la Era Industrial y crearon plataformas tecnológicas basadas en la oferta de servicios y una nueva división justa de las regalías. Con la biotecnología las semillas se han vuelto información y tecnología y pueden reproducirse libremente. No se “captura” el valor, en la época en que la información quiere ser libre. Se debe atraer a los usuarios. La época impone sistemas innovadores. Esa publicación me valió regaños de la industria y de funcionarios del Estado. Es curioso que un sector tan vanguardista tenga una visión tan conservadora.

El contrapunto mediático más picante fue entre el presidente de la Sociedad Rural Argentina, L. M. Etchevehere y distintos funcionarios de Monsanto, que apelando a eufemismos se llamaron mutuamente mentirosos. Con esas declaraciones era claro que la disputa iba dirimirse en los tribunales. La justicia es la última instancia que quedaba. ¿Están preparados los jueces argentinos a resolver un tema tan complejo y técnico? Desde las dos partes aseguran que sí. Veremos.

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En noviembre pasado sucedió lo que se esperaba, Pablo Vaquero, la cara visible y virtual CEO local durante años, dejó la empresa. No fue la imposibilidad de concretar el objetivo de regalías que se exigía desde la sede central –de hecho un 70 % de los grandes productores habían firmado contratos por la nueva variedad Intacta-, sino el fracaso para instalar la planta de procesamiento de semillas en Córdoba. Fue anunciada con bombos y platillos comenzó a construirse en Malvinas Argentinas de esa provincia sin haber realizado un solo estudio de impacto ambiental. Tras el inicio de las obras de la planta, distintos grupos anti-corporativos y ambientalistas acamparon junto en el perímetro para impedir el ingreso de materiales con la consigna Fuera Monsanto. El caso llamó la atención de medios locales y extranjeros, personalidades públicas tomaron partido y finalmente la justicia falló en contra de la empresa que no pudo continuar la construcción. En el medio hubo distintos intentos, algunos muy violentos, de desalojar la protesta. Se sabe que las corporaciones son poco amables ante los fracasos resonantes. Vaquero, era considerado un negociador que trataba de lograr un equilibrio entre los talibanes de la sede central en Saint Louis, cuyos objetivos ante Wall Street siempre fueron demasiado ambiciosos, con la realidad local que no suele ser muy comprendida. No solo en relación al comportamiento de los funcionarios sino también de los productores.

La sede en Buenos Aires de Monsanto, que aloja a los directivos de la región Latinoamérica Sur se reacomodó y tomó relevancia el grupo más duro. Los que apuestan a una solución vía judicial. Los entusiasma el fallo de la Corte Suprema de los EE UU que le dio la razón a Monsanto en un caso de “uso propio”. Sigo preguntándome qué me quiso decir un ejecutivo de la empresa con “A Monsanto no le van a entrar las balas hasta noviembre de 2016”.

El nuevo staff cuenta con Fernando Giannoni, premiado con el puesto de Director de Asuntos Corporativos tras su desempeño en Paraguay, en donde logró cumplir casi todos los objetivos planteados. Incluso la puesta en marcha del sistema de control privado de los cultivos que permite analizar en los puertos si los granos tienen genes patentados por Monsanto y que es rechazado con fuerza por los productores argentinos.

La Argentina enfrento durante años a Monsanto en los tribunales europeos y uno de los principales negociadores del Estado argentino fue el conocido lobista Gustavo Idígoras. Ahora ha pasado a las filas de la compañía. Él es otra de las piezas claves de la estrategia del ala dura. Con gran llegada a todos los sectores y consultor de casi todos los miembros de la industria de semillas, Idígoras conoce los flancos débiles de la posición argentina.

La Ley de Semillas tuvo varios capítulos en los que fueron detractores la Federación Agraria, Emilio Pérsico, partidos de izquierda, académicos y ONGs, que lograron detener su tratamiento. La discusión sobre la propiedad intelectual de la semilla quedó ahora entre la Sociedad Rural Argentina y Monsanto. Se discuten aspectos comerciales, pero quedan afuera cuestiones centrales como el germoplasma, que es uno de los grandes diferenciales de la Argentina.

 

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“Si el tema no se arregla, va a haber un choque de trenes”. Daniel Pelegrina, vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina ilustró lo que podría pasar en el enfrentamiento con Monsanto, si éste insiste en cobrar a través de la Cláusula que los habilitaría a hacer una retención compulsiva a través de exportadores y acopiadores.

La Sociedad Rural es de las organizaciones más poderosas del país, se sabe. De los últimos presidentes Luis Miguel Etchevehere quizás sea el más duro. Con una evidente ambición política que en breve veremos cristalizarse, mostró que la dureza de sus discursos se reafirmaba con sus acciones. Hacia el gobierno y los distintos miembros del sistema agroalimentario. La salida de la SRA de Maizar, fue una demostración de su estilo. Por su parte Monsanto es una corporación de poder multinacional. “El poder de Monsanto es enorme, tiene de poder contratar ex funcionarios, abogados, prensa, sistema de comunicaciones, para llevar su posición. Nosotros, con los recursos que tenemos vamos a hacerle frente por supuesto” nos dice Pelegrina.

“¿Por qué no es la manera? Primero porque hay una legislación, la ley de semillas nos da el derecho de hacer reserva y uso propio de la semilla. Con la legislación sobre patentes, Monsanto le quiere hacer decir cosas que no dice la legislación”

“Por las faltas de controles hay ausencia del Estado, entonces Monsanto pretende soslayarlo en una cantidad de temas que son propios del Estado. Nos pone bajo sospecha a todos los productores, que seremos controlados por una empresa privada. Con un kit hecho por ellos, que tiene imperfecciones, que no está normatizado, ni tiene aprobaciones. Con eso pretenden sancionar y multar a los productores. Mediante la extorsión y presión a los exportadores y acopiadores, pretenden incluir una cláusula, con la cual usando ese mecanismo imperfecto de detección nos harían una quita compulsiva. Un mecanismo totalmente perverso. Lo que busca Monsanto es resarcirse ellos y que el resto explote.”

“Si hay productores que han firmado con Monsanto un contrato (lleno de irregularidades) que incluye esas cláusulas es un tema entre ellos, pero no pueden meter a todos los productores en un esquema así. Nos parece gravísimo.”

“Nosotros denunciamos posición dominante y esta pretensión de Monsanto que en el Estado desconocían absolutamente. Le pedimos al Estado que actuara, porque nos veíamos disminuidos en nuestras posibilidades y a partir de allí reacciona bien y entiende parte de la cuestión y proponen un DNU que luego quedó en nada.”

“Tenemos reclamos de gente, que ha sembrado comprando semilla de buena fe y le está apareciendo el gen… Se comenta sobre la cantidad de semilla intacta que no se sembró el año pasado, ¿dónde está, dónde fue a parar toda esa semilla? Con la bolsa blanca siempre se dice que es un tema de los productores y sabemos que hay gente de la industria que está atrás de todo esto.”

“Tenemos una dificultad en la Argentina y hay que solucionarla definitivamente. Vemos que el camino de la producción argentina viene de la mano de la biotecnología.”

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Hace más de un año, un reconocido consultor del sector de agro, comentó en una reunión que “la arrogancia de Monsanto se va a terminar cuando sus acciones empiecen a bajar”. Ese pronóstico críptico no fue muy comprendido por el auditorio, pero quedó flotando en el aire ominosamente.

¿Qué podría hacer perder posiciones a una compañía que está diseñando el futuro de la agricultura, los alimentos y la energía? Sin embargo en octubre pasado, Monsanto anunció malos resultados de sus acciones y para tranquilizar a los accionistas prometió un recorte del 12% de su planta de empleados que luego aumentó. A lo largo de un año, las acciones de Monsanto bajaron un 20 %. Son malas noticias que los hicieron “fugarse hacia adelante”. Una de las estrategias fue tratar de comprar una parte de otro de los gigantes biotecnológicos, la suiza Syngenta. No prosperó.

Cuando llueve, truena. Las perspectivas para 2016 no son buenas para el gigante. Han debido modificar los objetivos previstos a la baja. El negocio de semillas en general no está bien por la baja en commodities y son más frecuentes las noticias sobre fusiones entre las nuevas semilleras para afrontar las turbulencias. La devaluación del real en Brasil produjo una baja en los ingresos por regalías en dólares en ese importante mercado.

La nueva promesa a sus accionistas es volverse líder en Big Data. Ya había elementos para suponer esa estrategia tras la compra de distintas compañías relacionadas con análisis de clima e información satelital. Mucho se ha hablado del asunto y existe cierto escepticismo entre los productores que no están muy convencidos de entregar la información sensible a la compañía. “Nos transformamos de la industria química a una compañía de biotecnología, después de semillas.” Declaró a Reuters Robert T. Fraley, CTO de Monsanto, “Ahora nos estamos transformando de nuevo.”

Todavía no se sabe muy bien qué y cómo se cobrará a un mercado como el agro cuyos analistas proyectan que la big data no moverá el amperímetro en ingresos en el futuro próximo.

En medio de todo esto, el gran misterio llamado China avanza rápidamente a la independencia biotecnológica. “Queremos soja, pero de estas variedades que hemos desarrollado”, dramatiza un funcionario del estado, como una posibilidad cercana. ¿Será por eso que Monsanto se comienza a alejar de las semillas?

Otro riesgo para la cotización de las acciones. Un analista bursátil dedicado a las Biotech aventuró un copycat con Volkswagen, que tras la denuncia de la EPA (Environmental Protection Agency) o Agencia de Protección Ambiental de EEUU por falsear datos de contaminación vio derrumbarse sus acciones al precio más bajo de los últimos cinco años. Esa misma agencia, EPA está en el ojo de la tormenta por la aprobación del glifosato sólo con documentos provistos por la empresa. Algo que ya se decía pero que fue demostrado con documentos oficiales. Estas filtraciones de información sensible publicadas por la revista The Intercept, muestran más flancos abiertos para la empresa.

A los recortes mundiales, no escapa la sede local. Por ahora se limitan a algunos empleados y al cierre de uno de los pisos de la empresa.

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Monsanto tuvo a lo largo de estos años el curioso talento de pelearse con todos. Incluso con aquellos que los han defendido a ojos cerrados. Agrupaciones de productores, entidades gremiales, funcionarios, miembros de la industria de semillas muestran cierto hartazgo por su prepotencia y por sus políticas comerciales.

La batalla que se avecina tiene un evidente desequilibrio de fuerzas. Por un lado está Monsanto cuyo valor de mercado es mayor que las reservas de muchos países de la región y su capacidad de lobby -apoyado por la embajada de los Estados Unidos-, poderosísimo. Del otro lado, la Sociedad Rural. Podríamos decir que no está sola, pues han logrado unir a distintos actores para impedir que el gigante se salga con la suya.

Los próximos meses serán movidos y habrá muchos protagonistas: Un nuevo gobierno al que acudirán en peregrinación todos los sectores para pedir por sus posiciones; Una justicia que suele tomarse su tiempo para decidir cuestiones complejas y que además deberá sentar jurisprudencia sobre un tema sobre el que no hay demasiados antecedentes que tiene complejos aspectos técnicos y políticos; Una opinión pública que sin conocer demasiado los detalles que se discuten tiene una pésima imagen de Monsanto y participa en la discusión, con marchas, con debates en el Congreso y universidades. Pero sobre todo, las partes involucradas que se han prometido llegar hasta el final.

¿Puede escalar la discusión? Puede ser, pero es imposible saber de qué forma. Este informe llega apenas a analizar una faceta de la complejidad del tema. En el caso de Monsanto son muchas las áreas que están llevando adelante estrategias y presiones. Lo que suceda influirá en las acciones de Monsanto, en la ecuación económica de los productores, en las regulaciones de la región. Las repercusiones del desenlace prometen ser impactantes.

Urge una política de Estado hacia la semilla pues se trata de la piedra angular de la nueva economía. El nuevo gobierno tiene muchas prioridades. Antes de las elecciones, ambas partes tuvieron reuniones con los equipos del PRO. Si bien hubo cierta alarma por el desconocimiento del tema, todos vieron que existe un interés en la solución del asunto.  ¿Alcanza con la capacidad de lobby para lograr favores del poder? Tanto la SRA como Monsanto tienen muy buena llegada a cualquier nivel. Qué herramientas se pongan en juego va influir. El resto de la industria aprovecha al mascarón de proa que avanza sin mirar lo que aplasta. Su suerte está atada a la suerte de Monsanto.

La Sociedad Rural -y la mayoría delos productores- sostiene: “Lo que está contenido en la semilla (tecnología y demás) se debe pagar cuando se compra la semilla. El aporte que hace la semilla Intacta no es un aporte destacado. No todo es el gen. Vemos que hay un paquete enorme y toda esa gente tiene que de alguna manera poder proteger sus invenciones debidamente y seguir haciendo negocio. Y nosotros poder seguir haciendo nuestro negocio, seleccionando la tecnología y amoldarla a las necesidades. La competencia hará que paguemos debidamente lo que corresponde. Creemos en ese modelo. Y no la obligación de comprar un montón de genes apilados que no necesitas. Estamos trabajando a fondo en una solución de este tema para estar todos conformes.”

Mauricio Macri tiene buena relación con la SRA y la embajada de EEUU. También cree en la libertad del mercado. Pero cuida mucho las formas. Este es un tema sensible para la opinión pública.

 

 

 

Primer round, Monsanto vs Sociedad Rural