Revista Sinapsis – Interés General

Qué uso le damos a la tierra y cómo modificamos la naturaleza. Intelectuales y artistas conversan con los que manejan los recursos, promueven políticas y diseñan los alimentos que comemos.

Lobo – Mariano Giraud

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La imagen inquietante de un lobo que parece exhalar un laberinto orgánico, intestinal. La obra pertenece a Mariano Giraud.

Mariano es un joven artista que suele usar tecnología y elementos científicos como medios para crear sus obras. En el mes de septiembre pasado presentó en el Espacio OSDE su muestra “Totem Cristal Animal” en una sala divida en dos. Al ingresar una escultura como de cristales color azul Yves Klein, irrumpía como un accidente geológico que atravesaba el parquet. Como una imitación de la naturaleza, pero llena de simbolismos, los cristales hacían el papel del Tótem. Ese monumento anunciaba la entrada a un mundo onírico, pero siempre dentro de los cánones museográficos: objeto, espacio, iluminación, texto explicativo. Al entrar en el siguiente ámbito, un sillón y algunas herramientas tecnológicas ubicados en el centro eran la interfaz que invitaba al mundo de los sueños que sugería el tótem. Las herramientas consistían en auriculares y oculus de realidad virtual. Había que usarlas para entrar en el segundo plano de la obra de Giraud. Las imágenes que aparecían en el visor eran semejantes a la realidad, pero con algunos detalles que la modificaban. En las molduras de las paredes y el techo aparecían más de esos cristales, en distintos colores y formas. La música incidental lograba crear un clima ideal para transportar a un nuevo ambiente. El piso era surcado por unos canales que a modo de acequia conducían un fuego líquido que rodeaba al tótem del ingreso. El sonido traía también el jadeo de un lobo. Se lo podía ver en un rincón de la sala, observando y jadeando. De color negro profundo y gran tamaño parecía no representar peligro, por dos razones: eso no era real, era una obra de arte virtual. El visor de realidad virtual permite una visión completa. Se puede girar en 360 grados, hacia arriba, hacia abajo.

Los sonidos, levemente hipnóticos traicionan un poco esa endeble certeza de “la realidad” y así la obra de Mariano Giraud logra que la mente del observador se pierda entre los planos superpuestos de la realidad del espacio y la realidad imaginada por el artista, llevándonos a una realidad propia construida con retazos de los dos ambientes.

Detrás del respaldo del sillón, un cristal en plena metamorfosis con un latido propio, me llamó la atención. Me recordó a una cruz colgada, aunque su forma no tenía nada que ver con ella. Pero su ubicación evocaba algún símbolo religioso, sobrenatural. Toda la escena parecía filmada por David Cronenberg. Al girar la cabeza, los sonidos en donde se mezclaban ritmos con ruidos, iban cambiando de lugar. Mirando hacia atrás me había olvidado del lobo, pero su jadéo, ahora más cercano, hizo despertar mi instinto de supervivencia. Me asusté. Allí estaba junto a mí, el lobo, quizás yo mismo. Ese símbolo poderoso había completado la obra. Me había llevado al lugar más desconocido y más temible, lo inesperado en el mundo desconocido: nosotros mismos.

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